A muy pronto de comenzar su gestión, el Gobierno provincial está siendo sometido a una verificación impiadosa: saber qué respaldos políticos tiene. La auditoría no tiene resultados positivos. Es que corridos los primeros 70 días de gestión se sabe ya que no es un gobierno peronista, es kirchnerista, en el más amplio sentido de esa palabra, que se trata de un proyecto alternativo, distinto, al del peronismo tradicional, con el cual compite todo el tiempo.
Ese tironeo cotidiano entre peronistas y kirchneristas está sometido también a una lógica sistémica, que ningún gobernador, gobernadora en este caso, que se proponga conservar la iniciativa política en sus exclusivas manos, como deber ser claro, puede tolerar sin animosidad un asociado poderoso. Eso determina que la auditoria no arroje resultados favorables al kirchnerismo.
El peronismo, que tampoco es un socio poderoso como muchos creen o sospechan, comprende sí que con el kirchnerismo el romance no va durar mucho; si es que todavía tiene un romance. Son todos temas que se analizan y debaten en las mesas de los quinchos, de los bares, y más humildemente en las paradas de colectivos, que es el único lugar donde los peronistas de a pie tienen derecho a expresarse.
En todos esos lugares de encuentro, no pasó desapercibido el incidente ocurrido en el interior de Casa de Gobierno; protagonizado por los empleados del área de Recursos Humanos. Estos trabajadores públicos reclaman desde hace tiempo el pago de un adicional, desde mucho antes de la llegada de Lucia Corpacci al poder, pero nunca protestaron al frente del despacho de un gobernador como ahora.
Que el Secretario General de la Gobernación no se ocupe del problema no importa; pero debe ser visto como una desgracia con suerte, para Corpacci, porque ella no se encontraba ni en su despacho ni en la provincia, lo que hubiera motivado que el escándalo sea mayúsculo.
El incidente hizo recordar a muchos, especialmente a los peronistas, una escena de la película El Padrino, de Francis Ford Coppola. Michael Corleone, el personaje de Al Pacino, decide bucear la posibilidad de invertir en Cuba. Duda bastante. Hasta que es obligado a decidirse. Es una escena central de la segunda parte de la saga de Coppola y Mario Puzzo. En ese momento Michael Corleone, Pacino, cuenta que un incidente que presenció en las calles de la Habana. Unos revolucionarios son detenidos en un operativo de control policial y uno de ellos hace estallar una granada que acaba con su propia vida. Lo último que se le oyó decir al revolucionario es: “viva la Revolución”. Corleone, Pacino, queda conmovido por el incidente, y se interroga si semejante demostración de fanatismo no implicaba posibilidades concretas de éxitos de la revolución castrista, y por consiguiente, si convenía aventurarse a invertir en una Cuba próximamente comunista.
Después de 70 días de gobierno, ni la muerte de una mujer que reclamaba una vivienda ni los incidentes en Tinogasta conmovieron tanto a la política como lo que pasó en el interior de Casa de Gobierno.
Está lejos de ser el drama de la película de Coppola y Pacino; pero a muchos peronistas hace pensar y repensar la conveniencia de apoyar al gobierno kirchnerista, que además de no respetarlos, tiene que hacer frente a una sociedad que demuestra todos los días que está dispuesta a mucho, por no decir a todo, a la hora de reclamar por sus derechos.