En principio quedó claro que el estadio Polideportivo Capital resulta chico para albergar semejante “movida”. Más de la mitad de la concurrencia no pudo ingresar, y debió seguir los acontecimientos desde las adyacencias, en medio de un descomunal despliegue de “choripaneros” y proveedores gastronómicos de toda laya.
Además, esta vez, como en cada desplazamiento de la presidenta, los asistentes no solamente fueron catamarqueños; sino que llegaron desde Tucumán, Santiago del Estero y La Rioja, quienes desde muy temprano ocuparon los principales espacios en las gradas del “Poli”. Cada uno con sus identidades, los riojanos tenían dos bandos: los “bederistas” (por el gobernador) y los “quintelistas (por el Intendente de la Capital).
A la hora de los cánticos, también sobresalieron los riojanos, que fueron de los grupos más entusiastas. Cuando la presidenta se enredó en definir el rol de la “Tigra” Dolores Díaz, quien al caer muerto el caballo de Felipe Varela en la batalla de Pozo de Vargas, fue la montonera que levantó en el anca del suyo a nuestro caudillo, y lo sacó de la segura muerte que le habían jurado los hombres de Taboada, los “vecinos” estallaron al grito de “Riojaaaano, riojaaano…, riojano, soy yo…”.
Después volvieron a apuntalar a Cristina, cuando en su discurso venía nombrando a los caudillos norteño: “a Martín Miguel de Güemes, al “Chacho” Peñaloza…”, y los riojanos le apuntaron: “Facundo.., Facundo…”, hasta que lograron que el nombre de Quiroga saliera de la boca presidencial. Otra vez el estallido de “riojaaano, riojaaano…soy yo”.
La mayoritaria presencia catamarqueña estalló en el momento que la presidenta llegó al estadio y comenzó a saludar a los asistentes de las distintas provincias. Con un PJ sin bombos, ni trompetas, como en otros tiempos, y hasta compartiendo “cartelera” con el Frente para la Victoria en pliegos de reducidas dimensiones, La Campora apareció como la más fervorosa y con identificación más ostentosa. Después le siguieron Kolina (de Alicia Kirchner), con una importante porción del sector sureste, y, más dispersos, el resto de los grupos “kirchneristas” de Tupac Amaru, Fierro, Peronismo Militante, Nuevo Paklín, JP Evita y JP Descamisados, entre otros.
Entre los intendentes, sobresalió la presencia de Elpidio Guaraz, el intendente de Santa Rosa, cuyos adherentes estuvieron desde la mañana muy temprano ubicando pancartas, carteles y pasacalles por cuanto sitio encontraron disponible. A la hora del acto, irrumpió con un portentoso “banner”, junto a otro de menor tamaño, ambos de fondo amarillo y letras azules (a lo Boca). Natalia Soria de Valle Viejo, Jorge “Choper” Andersch de Santa María, fueron otros de los jefes comunales con mayor presencia y notorio jolgorio por parte de sus seguidores. Otros más modestos, tales los casos de José Arnoldo “Nolo” Ávila de Belén, Hugo “Grillo” Ávila de Tinogasta o Daniel Polti de Recreo, departieron eufóricos, pero en el “corralito” de autoridades, frente al palco.
Al no existir un sindicato o una agrupación que los represente, la presencia de los trabajadores estatales fue a través de los respectivos organismos. Así se vieron las consignas del Ministerio de Servicios Públicos, saludando a Cristina y Lucía, a quienes agradecían por “las garrafas para todos”, o “el reconocimiento a nuestro prócer, Felipe Varela”. Los operarios de Aguas de Catamarca aprovecharon para mostrar sus nuevas “pilchas”. También se hicieron notar los empleados del Registro Civil, el IPV, Obras Públicas, Producción, y los beneficiarios del plan “Argentina Trabaja”, varios de ellos con cascos amarillos en sus cabezas.
Un colmado ámbito multicolor, superando al ortodoxo azul y blanco de otras épocas, mucha euforia y cánticos militantes fue la postal que entornó el retardado ascenso a general del caudillo Felipe Varela. Los nombres de Perón, Evita, junto a los de Néstor, Cristina y Lucía, fueron de los más pronunciados, la marcha peronista entonada a capela y el grito del que “no salta es radical…” (algunos funcionarios soportaron estoicamente en sus sillas), formaron parte del festivo momento, alternado constantemente con el “Che, gorila, che, gorila, no te lo decimos más, si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”, cada vez que la presidenta elevaba el tono de su voz. La Jefa de Estado asentía sonriendo, como si fuera el cántico del que más disfruta.