El caso de Marita Colombo, por lo menos, mueve a la curiosidad: adquirió cierto prestigio, a pesar de defender siempre los colores de lo peor de la política lugareña, el castillismo.
El sector que comanda el senador Oscar Castillo es cuestionado internamente porque desde la cúspide partidaria se niega, como siempre, al ejercicio democrático. Paso en la década del ’70, durante el proceso militar, los ’80, los ’90 y hasta agosto del año pasado. Son muy pocas las veces que la UCR eligió sus candidatos en una interna.
Ahora, los sectores disidentes, que cada vez son más, reclaman una elección interna para elegir las candidaturas del año entrante. Encima, el reclamo, cada vez suena más fuerte y se hace muy difícil eludirlo, so pena de que muchos de esos sectores emigren a otras listas que les permita la participación política efectiva; eso que dice la constitución de cualquier sociedad, la posibilidad de elegir y ser elegidos.
Al planteo, en defensa del siempre cuestionado castillismo, la diputada Marita Colombo, en un intento de escape infantil, ridículo, no se le ocurrió mejor respuesta, o excusa, que pedir que el método democrático sea obligatorio para todas las fuerzas.
Como parece ser una portadora sana del virus castillista, hay prensa a la que le gusta escuchar las palabras de Colombo, pero es el propio castillismo el que debería preocuparse. Ese mismo interés por escucharla se torna en preocupación cuando se escucha este tipo de ocurrencias de alguien, que hace rato dejó de ser intocable.
Son tiempos turbulentos en el radicalismo, que encima ya no paga como antes, por lo que ahora, desde el llano, está expuesto a cualquier crítica, como bien podría surgir una a esta llamativa pretensión que esboza Colombo de subordinar las normas a los imperativos de la conveniencia del jefe, Oscar.
Antes, tal vez se podía hacer, pero ahora ya no. Es que muchos de los que la escuchan a esta experta en supervivencia, todavía viajan en colectivo, y están hartos de hacerlo; siempre con la preocupación de que algún punguista les birle la billetera, lo que los sensibiliza al extremo, como para rechazar las tonteras de cualquiera, de Marita incluso.