Los portazos y gritos del jefe comunal solamente fueron festejados –si, festejados…- por su corte de asalariados que sin dudas comparten su bronca porque le paralizaron el municipio.
Aparentemente, la bronca de Páez estaba dirigida hacia algunos trabajadores contratados o becados que habrían adherido a la medida, lo que fue considerado como “alta traición”, ya que “ellos están ahí porque me dan lástima…”, según habría manifestado el funcionario y que fuera escuchado por muchos, dado el volumen de sus gritos.
En realidad, a nadie extraña ya la conducta bipolar del intendente, mucho más ahora que tiene conciencia, al menos para ello, de que si no gana esta elección, su futuro político será demasiado efímero, razón por la cual, según aseguran, “anda muy sensible” y cualquier cosa le molesta y lo pone de mal humor, sin contar que sus niveles de tolerancia y autoestima están demasiado bajos, con todo lo que ello significa.
Lo que a nosotros nos parece es que él, en su intimidad, conoce números, mediciones y sondeos y sabe con certeza que los resultados están casi cantados. Lo que nos parece muy mal es que se las tome con los pobres empleados que lo único que quieren es trabajar para mantener a sus familias.
Algunos conocedores, afirman que de aquel muchacho educado y bueno, ha quedado muy poco y que cada día está peor. Lo que no nos supieron decir es que esos trastornos de conducta se deben a sus múltiples artimañas o a la pecaminosidad de sus malas compañías, en obvia alusión al inefable presidente del Concejo Deliberante devenido en sombra macabra para propios y extraños, personaje que nadie quiere nombrar, por una cuestión de cábala, para evitar el “mal de ojo” que produce su sola presencia.