Los principios no son normas legales, son valores esenciales intangibles y constantes. Principios como la fidelidad y la lealtad han regulado conductas, deberes, saberes y destinos humanos.
La lealtad será siempre la recuperación de lo originario, de lo auténtico o será la forma de vivir sin acomodarse por convivencia desleal. Ser leal es un retorno a la verdad sentida y buscada.
La verdad es un eterno encuentro con la libertad y la justicia, una categoría universal. Ser desleal en el ámbito político es sostener la realidad con la ilusión de la palabra o con la tergiversación perceptiva de lo real desde lo falso.
La genealogía de la falta de lealtad está adscrita a la genealogía de una moral regresiva, dejar de creer por conveniencia o dejar de creer y decir que se cree porque conviene.
Una ética de la lealtad supone hasta una necedad, no ciega, transformada en su forma sin perder su esencia y supone una moral que jamás se adhiere al discurso de los opositores partidarios.
Los desleales son seres viscosos que para no abstenerse de su maldad justifican y precian sus actos. Son inmorales que disfrutan cínicamente de sus falsedades.