Desde esta semana habrá una nueva Cámara de Senadores, que ya no la conducirá el radicalismo catamarqueño como desde hace 22 años, sino que lo hará kirchnerismo, que ganó siete de las ocho bancas en juego en octubre pasado.
Se trata de un cambio histórico, otro derivado de aquel 13 de marzo de 2011, cuando por primera vez en la historia provincial una fuerza política opositora supero a un oficialismo.
Pero lo de ahora es también histórico porque el radicalismo local pierde el control de una institución que, aunque muy devaluada, le aseguraba el control de otros poderes e instituciones, la Justicia y el ENRE por caso.
El actual oficialismo se ha mostrado hasta ahora timorato a la hora de los cambios, incluso ahora no se sabe cómo se dispondrá el nuevo liderazgo del Senado, pero se cree que después de lo que le paso la semana pasada con la Policía, los cambios fluirán más fácilmente. Es imperioso que así sea.
Es importante decir también que la pérdida del último bastión de poder para el radicalismo de los castillo, los Brizuela, los herrera, los pernasetti, los guzmán y un grupo de familias más, implica una sustancial mejora para sistema político provincial.
La cultura política que esas familias representan apunta a la agresión y no a la conciliación social como se llenan la boca en público, tanto que tienen registrada como propia la proposición “paz social”.
Embarcadas desde siempre en luchas por hacerse del poder público por la vía antidemocrática, apoyando golpes de Estado o marchas desestabilizadoras de los poderes públicos democráticamente constituidos, no saben cómo hacer para crearse lazos de solidaridad con los sectores más desprotegidos de nuestra sociedad y por eso siempre recurren al ataque y el descredito del otro en cuestión. Sea el que sea.
Por eso es bueno que esta voluntad unipolar comience a perder espacio en la política provincial, y que, en el mejor de los casos, mute hacia una tendencia política que se allane al espíritu y las reglas democráticas.