Si a Oscar Pfeiffer le advirtieran los resultados de una encuesta encargada por el propio gobierno kirchnerista, que lo ubican como el funcionario de primerísima línea del gabinete con peor imagen pública, resignado y angustiado, aceptaría que la nueva política no mide bien.
El, Pfeiffer, desorbitado en trance por parecer moderado, nunca un peronista de ley claro, no sabe de la encuesta ni de su real situación.
Cree que llegó al cargo por un imaginario concurso de antecedentes y oposición; concurso que en el mejor de los casos es trucho, porque al tribunal lo integraban tres amigos: Lucia, Ángel y Armando.
Como sea, su desempeño es magro, y por ende es bien pobre su aporte a la causa, tanto que todo el mundillo político lo sabe y cuenta las horas que restan para su despido.
Hay docenas de razones a las que recurrieron los que criticaron a Pfefiffer al ser entrevistados, pero curiosamente las razones más elegidas reproducen groseramente los prejuicios más básicos de sus compañeros de gabinete, que lo detestan por sus constantes alusiones a la nueva política.