Los dos datos no son menores [conseguir los avales y el papel gravitante de la Junta Electoral], porque después de muchos años sin revalidar títulos a través de las urnas, desde la oposición partidaria sospechan que los actuales popes del radicalismo integrado por el tándem Castillo-Brizuela, que mientras estuvieron en el poder manejaron a antojo y conveniencia a la Unión Cívica Radical con el desgastado argumento del consenso, un método que les sirvió para evitar el pronunciamiento de los afiliados, esta vez no se quedarán de brazos cruzados, y de ahí el determinante rol que desempeña la Junta Electoral que ambos dinosaurios de la política lugareña controlan colocando allí a los más fundamentalistas de los escuderos que tienen en sus respectivos espacios.
Este órgano de controlar, precisamente, es el que han
utilizado toda vez que alguien se les plantó para medir fuerzas, y con
distintos matices y variantes se las ingeniaban para sacar de la cancha al o
los circunstanciales adversarios y aventar cualquier alternativa que hiciera
poner en peligro la conducción conservadora de la UCR y, por ende, mantener el
statu quo. Para nadie era desconocido que la Junta Electoral, en estas
maniobras antidemocráticas y autoritarias, cumpliendo al pié de la letra la
obediencia debida, jugaba una misión clave objetando o rechazando, con
diferentes artilugios, la posibilidad de disputar el mando partidario,
desvaneciendo así cualquier signo de renovación y oxigenación. Sin olvidar la
amañada reforma de la Carta Orgánica que realizó la cúpula partidaria,
introduciendo condiciones imposibles de cumplir para quienes se atrevieran
enfrentarlos por la vía del sufragio.
Esta vez, a juzgar por lo que estaba sucediendo en la reciente
Convención Provincial, máxima autoridad partidaria, todo se encaminaba en esa
misma dirección, pero fue Oscar Castillo que previendo un clima signado por
denuncias, reclamos y fuertes cuestionamientos que desembocarían en un
sospechado, ilegítimo y turbio proceso, propuso y obviamente fue aprobada, la
incorporación de los sectores opositores en la Junta Electoral.
No fue, claramente, un arrebato de pluralismo y apertura la
del senador nacional vitalicio. Por el contrario, lo hizo con premeditación sabiendo
que con ello no solo conseguía frenar o por lo menos atenuar las voces críticas
y, a la vez, enviar a la opinión pública una imagen con falsa pose de
conciliador y transparencia, sino que al mismo tiempo, al condicionar que la
inclusión sea "con voz, pero sin voto”, marcaba los límites suficientes como
para no poner en riesgo la manipulación que él y su circunstancial aliado por
conveniencia mutua ejercen sobre la Junta Electoral.
De todas maneras, ese episodio mostró que desde el
oficialismo partidario analizan y miden cuidadosamente y con detenimiento cada
paso que van a dar, advertidos que las circunstancias son otras, porque ya no
manejan los resortes del poder político y económico provincial, con lo que
conseguían el disciplinamiento, la compra de conciencias y el alineamiento
automático.
Están comprobando que en el llano todo es más difícil y
complicado, saben que están desgastados, que representan a la muy cuestionada
vieja política y que, producto de la sucesión de errores que a la postre los
llevó a tirar por la borda un proyecto político que, con una oposición
fragmentada, todavía le quedaban varios años más de vida, han sembrado viento
mucho más entre los propios que en los extraños y ahora están cosechando
tempestades.
Escenario y actores distintos
Evidentemente, a Oscar y Eduardo lo que más les está
preocupando es que, a diferencia de aquellos dorados tiempos en los que
aventaban conatos de rebeldía con la repartija de canonjías y cargos públicos
menores, ahora el escenario es distinto y los actores son otros. Primero fue el
ex diputado José Sosa que a puro pulmón capitalizó el descontento y malestar de
votantes radicales cansados de las mismas caras para las representaciones
electivas y partidarias.
Fue un fuerte llamado de atención, una señal de alarma de
que, ante la aparición de una propuesta con mayor peso específico, se
produciría un efecto multiplicador, que en definitiva es lo que está sucediendo
con la aparición del Frente Amplio de Participación Radical (FAPRa), que
conduce Ricardo Guzmán, formación que, a caballo del prestigio y la imagen de
honestidad que aquilata el ex intendente, ha conseguido en poco tiempo
presencia importante en todo el territorio provincial, lo que corrobora que
dirigentes, afiliados y militantes, olvidados y marginados por las actuales
autoridades de la UCR, han resurgido en masa para sumarse al cambio que
proclama el FAPRa. y Cantera Popular, en sintonía con lo que ya desde antes
venía demandando la Renovación Radical Popular (RRaP), que lidera Alfredo
Marchioli, de reciente incursión en el campo de la política.
El RRaP, justamente, con el vertiginoso y sostenido
crecimiento que ha experimentado, ha confirmado que el electorado está ávido de
figuras nuevas, renovación, con ideas y proyectos que se ocupen de la agenda
social y que transmiten y demuestren capacidad de gestión.
A Castillo y Brizuela, en definitiva, el panorama que se les
presenta es muy difícil. Han perdido la tranquilidad. Ya no tienen la vaca
atada, y por ende los avales conseguidos por la oposición, como la función de
la Junta Electoral, son dos aristas fundamentales para ambos, convencidos que
la derrota en la próxima elección interna podría significar nada menos que el
comienzo del final de sus prósperas carreras políticas.
Por eso, quienes los conocen aseguran que luego de la
indigestión que les provocó el vendaval de avales que presentaron el FAPRA y el
RRaP, jugarán las últimas fichas en una Junta Electoral que carga con el sambenito de adicta al criticado binomio.
Por más que se esfuercen en negarlo y demostrar lo contrario, su imparcialidad
ha sido puesta en duda no solo por Marchioli, sino que ha sido el propio Guzmán
–con muchas elecciones al lado de quienes conoce cómo actúan y proceden, un
dato que no hay que olvidar- el que llevó precintados los avales y
afiliaciones. Ese solo acto es prueba irrefutable de las sospechas y
desconfianza que pesa sobre la Junta Electoral.
Y como dándole la razón a Marchioli y Guzmán, la propia
Junta Electoral se encarga torpemente de alimentar su propio descrédito,
negándole la incorporación al delegado del RRaP, desconociendo lo dictaminado
por la Convención, y estirando al máximo los tiempos para el reconocimiento de
las líneas internas con pretensiones de concurrir a los comicios radicales.
Pese a las esforzadas justificaciones que ensayan sus
integrantes, lo cierto es que desde las fuerzas opositoras ven con mucha
preocupación las dilaciones deliberadas y comienzan a pensar si detrás de ello
no hay un plan orquestado para estirar los tiempos necesarios que les permita
completar la tarea inconclusa de limar al contrincante, provocándole bajas y
deserciones entre sus principales dirigentes, de tal modo que el realineamiento
obligue a la tan mentada lista única, que con su inveterada costumbre terminará
digitando la jaqueada dupla.
También, hay quienes no descartan que detrás de esta
deliberada lentitud se esconde el intento de celestes y renovadores de restarle
margen de maniobra a la oposición interna y desactivar posibles alianzas entre
las fuerzas minoritarias. Aunque, tampoco faltan los que atribuyen estas
demoras a que el afamado dúo aún no alcanzó a sellar el acuerdo definitivo, no
tanto ante el triunfo –con dudas, pero confiados-, que todo lo simplifica, sino
qué hacer en la eventual derrota, pesadilla que ha comenzado a desvelarlos, y
que como nunca antes barajan como una posibilidad.
Nadie duda que es un momento crucial, histórico para la UCR.
Tiene la Junta Electoral, pero principalmente la actual conducción del
radicalismo, no únicamente la mirada
escrutadora de sus contendientes internos, sino de todos aquellos que el año
pasado en las elecciones para renovación legislativa votaron al Frente Cívico y
Social, cuyo eje es la UCR, que no solo consiguió recuperarse –más por errores
ajenos que por aciertos propios- de las estrepitosas derrotas del Frente para
la Victoria en el 2011, sino que lo ubicó en inmejorables condiciones para
convertirse en alternativa de poder y retornar al gobierno provincial.