La celebración eucarística fue presidida por el Obispo
Diocesano, Mons. Luis Urbanc, quien en su homilía, tras dar la bienvenida a los
alumbrantes, reflexionó sobre la Palabra de Dios escuchada, afirmando que "es
muy difícil encontrar al católico de una sola pieza, coherente hasta los
tuétanos manteniendo un estilo de vida profético y dispuesto a perderlo todo
con tal de no perder su amistad con Jesús. Las generales de la ley son el gris
de la vida, la componenda, el ‘no te metas’, el hacer las cosas para que me
vean, el oportunismo, el recurrir a Dios sólo cuando el agua nos llega al
cuello, etc. Lamentablemente, no se tiene claro que se trata de un ‘modo de
vida’ que inspira e ilumina cada instante de nuestra existencia terrena, como
alegres y fieles discípulos y misioneros de Jesucristo, el principio y fin de
la creación y el Amén definitivo del Padre a favor de la salvación de los
hombres de cualquier raza, época, cultura y nación”.
El mal uso de la libertad
En otra parte de su predicación, el Obispo enfatizó que
"Dios al mundo lo hizo bueno y hermoso. Pero quien lo arruinó fue la creatura
más perfecta, el ser humano, quien hizo mal uso de su libertad, ya que, en
lugar de usar su capacidad electiva para lo bueno, lo noble, lo verdadero y lo
edificante, prefirió usarlo para satisfacer su ego, sus mezquindades, sus caprichos
y sus ansias de poder, sobre todo, para competir con su Hacedor, queriendo ser
igual a Él. Esta falaz elección nos llevó a todos a la tan temida infelicidad,
que todos la padecemos en la medida en que nos apartamos de nuestro Creador y
Salvador”. Sin embargo, manifestó que Dios envió a su Hijo, "‘quien se hizo en
todo semejante a nosotros, menos en el pecado’, para restituirnos a la comunión
con Él. Fuimos salvados por la entrega de su Vida. Él nos insufló su Vida, que
nada ni nadie tiene poder sobre ella, sino sólo Él”.
Continuando con la celebración, luego de elevar las súplicas
al Padre en la Oración de los Fieles, los alumbrantes acercaron ofrendas
específicas y los dones del pan y el vino hasta el altar y luego de la
bendición final fueron saludados por el Señor Obispo.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILIA
Queridos devotos y peregrinos:
En este cuarto día del septenario rinden su homenaje las autoridades de
los gobiernos provincial y municipales con miembros de sus respectivos
gabinetes. También participan integrantes de la Renovación Carismática. A todos
les doy la bienvenida y mi especial oración para que reciban las luces del
Espíritu Santo para ejercer con sabiduría, humildad, generosidad y amor la
tarea que les fue confiada por la ciudadanía.
El tema
que se meditó a lo largo de la jornada nos hizo profundizar en las fortalezas
que deben animar y sostener al laico en situaciones adversas. En efecto, no son
pocos los desafíos que amenazan o ponen en tela de juicio los valores que
surgen de nuestra fe. Quien se propuso ser un testigo auténtico de la fe, la
esperanza y el amor recibidos de Dios en el Bautismo, tiene que estar dispuesto
a ser perseguido, denostado, ignorado y marginado como lo fue Jesús, quien ya
nos advirtió que si a Él lo persiguieron, también lo harán con los que quieran
ser fieles a Él (cf. Jn 15,18-21).
En la
primera lectura se nos narró la suerte que comienza a marcar la vida de los
apóstoles: la persecución, las amenazas, las torturas, la cárcel, etc. Nos toca
preguntarnos cuánto hemos padecido por ser fieles a la fe que nos regaló Jesús.
Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por ser coherentes con las enseñanzas y
ejemplos de nuestro Redentor. Para la generalidad de los católicos
catamarqueños no hay una situación tan cruel de la vida que pueda ayudarles a
objetivar qué grado de madurez tiene la fe que practican, por tanto, no sabemos
quién es quién y vivimos en una medianidad asfixiante y destructiva de la
urdimbre de nuestra sociedad humana y cristiana. Es muy difícil encontrar el
católico de una sola pieza, coherente hasta los tuétanos manteniendo un estilo
de vida profético y dispuesto a perderlo todo con tal de no perder su amistad
con Jesús. Las generales de la ley son el gris de la vida, la componenda, el
‘no te metas’, el hacer las cosas para que me vean, el oportunismo, el recurrir
a Dios sólo cuando el agua nos llega al cuello, etc. Lamentablemente, no se
tiene claro que se trata de un ‘modo de vida’ que inspira e ilumina cada
instante de nuestra existencia terrena, como alegres y fieles discípulos y
misioneros de Jesucristo, el principio y fin de la creación y el Amén
definitivo del Padre a favor de la salvación de los hombres de cualquier raza,
época, cultura y nación.
En el
texto del Evangelio se corrobora esta voluntad inamovible del "Padre Eterno que
tanto ama al mundo, que entregó a su Hijo Único para que todo el que crea en Él
tenga Vida Eterna. Pues no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que
se salve por medio de Él… Por eso, el que no cree ya está condenado, porque no
ha creído en el Nombre del Hijo Único de Dios” (cf. Jn 3,16-19).
Dios al
mundo lo hizo bueno y hermoso (ver Gn 1,1-31). Pero quien lo arruinó fue la
creatura más perfecta, el ser humano, quien hizo mal uso de su libertad, ya
que, en lugar de usar su capacidad electiva para lo bueno, lo noble, lo
verdadero y lo edificante, prefirió usarlo para satisfacer su ego, sus
mezquindades, sus caprichos y sus ansias de poder, sobre todo, para competir
con su Hacedor, queriendo ser igual a Él. Esta falaz elección nos llevó a todos
a la tan temida infelicidad, que todos la padecemos en la medida en que nos
apartamos de nuestro Creador y Salvador. Somos los seres humanos, tarados de
soberbia, que hacemos de la creación paradisíaca de Dios un valle de lágrimas
para nosotros y nuestra posteridad. Pero, jamás, la humanidad podrá vencer al
amor de Dios que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva
(cf. Ez 18,23.32). Por eso, Dios puso ‘toda la carne en el asador’, valga la
expresión, enviando a su Hijo, ‘quien se hizo en todo semejante a nosotros,
menos en el pecado’ (Heb 4,16), para restituirnos a la comunión con Él. Fuimos
salvados por la entrega de su Vida. Él nos insufló su Vida, que nada ni nadie
tiene poder sobre ella, sino sólo Él.
En el
texto del evangelio Jesús afirma con toda contundencia: "en esto consiste la
condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas
que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquél que hace lo malo,
aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.
Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que quede de manifiesto que
sus obras son hechas en Dios” (Jn 3,19-21). Con esto queda claro que la
condenación, es auto-condenación, ya que la voluntad de Dios es siempre
salvífica. Se condena el que quiere, el que no acepta el amor de Dios.
Le pidamos
a la Virgen del Valle que nos ayude a ser humildes como Ella, para saber dar el
lugar preeminente a Dios en todos los momentos y espacios de nuestra vida. Que
nuestras opciones de cada día nos lleven a Él.
¡¡¡Nuestra Madre del Valle!!! ¡¡¡Ruega por nosotros!!!