Llegó el día de "la guillotina” (sic), fatídico día para
muchas personas que se quedaban si el sustento diario para sus hogares.
Los funcionarios municipales esperaron el descontrol
producido por la bronca y llamaron a la policía –incluso se mencionó que habría
gendarmes armados – para custodiar el palacio municipal y, salvo uno que otro
berrinche, no pasó nada y sobre todo las mujeres desafectadas prorrumpieron a
llorar desconsoladamente, y casi en silencio ante los hechos consumados y sin
posibilidades de marcha atrás alguno.
La mayoría, en una actitud de mansedumbre bovina y mucho de
resignación, decidieron esperar calmadamente, a la espera de que el "cruel”
Páez y el "insensible” Cativa, al menos dieran la cara para explicarles los por
qué de tamaña decisión. Claro que esa pobre gente no conoce que es técnicamente
imposible para el presupuesto municipal, mantener esa enorme estructura de
personal absolutamente improductivo e inútil.
Entonces, los becados despedidos tomaron conciencia de que
habían sido inescrupulosamente utilizados para ganar elecciones y estirar
cuatro años más, la irracionalidad en el esquema municipal.
Supieron además que no tenían ni siquiera un elemental
legajo que confirme identidades y datos personales, y que ese final ya estaba
predeterminado desde el momento en que empezaron a cobrar.
Más cruel aún es que ningún dirigente político o
institucional se acercó a esta gente, al menos para expresarle solidaridad.
Triste, lamentable, inadmisible, pero absolutamente real.