Se trata del reclamo de los intendentes -sin excepción de
color político, organización institucional, cantidad de habitantes- a la provincia
para que los asista con fondos para el pago del medio aguinaldo y del
denominado bono de fin de año.
Este clásico tiene sus propios condimentos: cortes de ruta
en varios puntos del interior, quema de neumáticos, tránsito interrumpido,
exabruptos de los gremialistas (algunos de la cuales ameritan pedido de
detención) y, sobre todo, el peregrinar de los intendentes a Casa de Gobierno,
pidiendo "una ayudita para pagar”.
Y ahí va otra vez el Gobierno provincial, echando mano al
Fondo de Emergencia Municipal, el mismo que fue creado para financiar
situaciones de emergencias y desequilibrios financieros de carácter
transitorios.
Es decir, motivos más que justificados. No es que el pago
del medio aguinaldo y del bono no sean importantes, pero en realidad ninguno de
los dos responden al leitmotiv de la creación del Fondo.
Así, para cerrar el año en paz, la Comisión de Participación
Municipal –órgano encargado de administrar el FEM-, dispuso asistir a 35
comunas con partidas no reintegrables, pero con una novedad: se acordó
gratificar a aquellos municipios que no tienen comprometida su coparticipación
para el pago de sueldos. Es decir, "se premiará la conducta de los municipios
que no han incorporado tanto personal”, a decir del subsecretario de Asuntos
Municipales, Gustavo Aguirre. No obstante, claro está, los más comprometidos
tendrán un aporte extraordinario y así nadie tiene que salir a sofocar
incendios en las últimas horas del año que se va.
El problema es que el tema de fondo sigue sin resolverse. Y
es nada más y nada menos que la mala administración de las comunas, el
despilfarro de algunos intendentes, el desmanejo de las cuentas municipales.
A nadie escapa que este año no fue uno de los mejores. Los
fondos nacionales no llegaron como se esperaba, hay un parate de la obra
pública y un reacomodar de la economía de nunca acabar.
Pero más allá de los factores externos, que son ciertos y de
peso, la realidad es que los intendentes –al menos muchos de ellos- nunca
fueron muy prolijos y proclives a las cuentas claras, a evitar el facilismo del
empleo público, a acomodar el cuerpo en tiempos de crisis, a vivir con lo propio
y solicitar asistencia solo en casos de emergencia.
Al fin y al cabo, por más premios y castigos que se
pretendan aplicar, la provincia siempre está ahí para asistirlos en nombre de
la paz social y del derecho innegable de los municipales, a percibir sus
haberes, más en tiempos de celebraciones religiosas. Los intendentes lo saben.