Por estas horas, se murmuran muchas cuestiones. Es sabido
que en una ciudad como Andalgalá, no se escapa casi nada en términos de
rumores.
Se habla de dinero, de cargos, de enojos por no ser
atendidos, de una pulpadora que más que procesar vegetales traga billetes y los
hace desaparecer mágicamente.
Lo llamativo es la excusa empleada por los concejales basada
en que la sanción de la polémica medida no es más que "una forma de llamar la
atención al gobierno provincial”. Excusa infantil y boba de los muchachos
peronistas. Como si fuera algo sencillo, como si no se jugara con su decisión
el futuro de Andalgalá.
Al margen de que uno puede llegar a entender que para
generar algunos aplausos desde la tribuna, los concejales que responden a Páez
lo hicieron la lógica y previsible en el lineamiento que pregonan, lo que no se
termina de entender son los motivos que llevaron a los ediles que responden al peronismo, a
levantar la mano de igual forma.
Sobre todo porque no hace menos de seis meses, el discurso
era totalmente distinto. Tan distinto que asusta. Asusta por la incoherencia e
ignorancia reinante en la medida. Ejemplo claro es el que trae como protagonista
al concejal Gustavo Álvarez, que hace menos de cinco meses decía una cosa sobre
la minería y ahora, como por arte de magia, votó otra cosa.
¿Corto de memoria, Álvarez? ¿Corto de fondos? El garrafero,
empresario de medios, pulpador, radicalpejotistakirchnerista volcó, y al
parecer, aquí se termina su carrera política preñada de bastardismo y
obsecuencia en las sombras del poder.