Lejos de la mirada misericordiosa que tiene el Papa Francisco de la pobreza, más cerca de los códigos de estética de la “Cheta de Nordelta”, el Obispo se queja de la mala imagen que dan los pobres.
Cuando se lo escucha al obispo Luis Urbanc referirse despectivamente a los vendedores instalados en cercanías a la Gruta de la Virgen del Valle, fácilmente se descubre la distancia que lo separa de los pobres de Catamarca, de los necesitados.
Los vendedores ambulantes instalados en la Gruta son gente de trabajo, que se instalaron ahí con sus chaperios, para ganarse la vida como puedan porque es imposible para ellos pagar alquileres caros en lugares coquetos como un shopping.
Cuando Urbanc dice “no puedo creer que han levantado un montón de chaperío (…) esto ya es una villa miseria”, su actitud contrasta con la de un cristianismo que afortunadamente dejó de condenar y que dejo de señalar con el dedo a las personas por distintos motivos.
Desde la llegada del Papa Francisco, es como que la Iglesia católica decidió abrir sus puertas para ir al encuentro de todas las personas, de las más necesitadas especialmente.
Pero Urbanc resiste.
El Obispo de Catamarca está lejos de esa actitud, su pontificado contrasta con el gesto de Francisco porque no tiene gestos hacia los más desfavorecidos o porque, por ejemplo, nunca visitó un barrio de la periferia para reunirse con personas carenciadas; como tampoco no son habituales ni permanentes sus visitas a enfermos o a una cárcel.
Parece que para Urbanc los pobres deben ser invisibles, como efectivamente lo son para él, por eso les pidió a las autoridades del municipio, que el espacio que hoy ocupan “quede liberado por completo (SIC)”, con la excusa de “garantizar un ingreso más ágil y espacioso a la Gruta”.
Urbanc nunca miro a las personas más carenciadas, a las más necesitadas, por eso ahora se sorprende y se desencaja al descubrirlos arruinando el paisaje.
Esa gente denunció como nadie la verdadera conciencia social del obispo Urbanc.