Por las características de propagación y contagiosidad del COVID-19, la observancia de los protocolos de cuidado de la persona es antecedente o consecuencia de su interacción con otra u otras personas. De allí que el comportamiento en pandemia es, siempre, un hecho con impronta social.
Es verdad que el miedo a la propia muerte o a la enfermedad opera dramáticamente en la decisión de preservarse. Pero es con la comprensión de que el prójimo está sujeto a idéntica tensión como se resuelve la contradicción entre lo que es de uno y lo que es del común. Sólo así se viabiliza la adopción de recaudos de higiene y prevención, esenciales para superar al virus.
Es por eso que, para instar a la población a someterse a las reglas de protección, se ha puesto el foco en el efecto que posee una actitud imprudente o desaprensiva en la salud de los otros. El presidente, gobernadores, especialistas y funcionarios del rubro supieron, con sus más y sus menos derivados de lo inmenso, lo extraordinario y lo repentino del desastre, zafar de la tramposa apelación a la mera responsabilidad “individual” como salvoconducto para salir de este infierno, haciendo caso omiso a la consigna ideologizada con la que se han embanderado los principales dirigentes de la oposición.
La disputa conceptual entre “responsabilidad colectiva” y “responsabilidad individual” es un contrasentido que sólo halla cabida en el discurso panfletario. Es una falsedad dialéctica, tanto como la que promueve “salud versus economía”.
Esas cuestiones se instalaron en la agenda comunicacional progresivamente, pero reverberan de manera conspicua desde el mes de diciembre, con el inicio de la campaña de vacunación y en pleno rebrote de casos.
La pulsión verborrágica con acento en el individualismo fue propiciada por quienes volcaron todo su esfuerzo para empujar a la gente a la calle y hacer fracasar cada una de las medidas instrumentadas con el fin de proteger la salud de los y las argentinas. Los mismos que han procurado desacreditar la Sputnik V. Aquellos, como el jefe de gobierno porteño, que se niegan a vacunarse en público para evitar legitimar el operativo de inmunización identificado con la Casa Rosada. Está en vilo la vida de sus electores y ellos juegan a las escondidas privilegiando el opaco propósito de quitar chances al Frente de Todos en el año electoral.
Su mezquina acción, disfrazada de una impostada “responsabilidad individual”, genera secuelas negativas en la sociedad. No es casualidad: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cuna del macrismo, es el distrito de la Argentina que arroja los peores indicadores de fallecidos por coronavirus cada millón de habitantes.
Cuántas vidas se habrían salvado si el más numeroso encuadre opositor hubiese militado activamente en favor de la salud, no se puede saber. Lo que no es aventurado imaginar es el clima de menor angustia y de mayor acompañamiento que habría reinado si Juntos por el Cambio hubiera evitado su propaganda anticuarentena antes, antivacuna ahora y destituyente siempre.
Ha sido deliberadamente articulado el marketing de los que gobernaron durante el cuatrienio 2015-2019, parloteando la ilusión del individualismo. Y tuvo cabida no solamente en sus propios seguidores. Fue tan virulento y pertinaz el repiqueteo de Cambiemos desalentando toda construcción colectiva, que esa alegación permeó también en muchos de los que en estos días expresan que se debe enfrentar lo que parece ser el inicio del fin de la pandemia con una perspectiva de conjunto.
Lo cierto es que nada hay más distante de lo individual y ajeno a esa oscura lógica del “yo me salvo solo y el resto nada me importa” que el cometido de la salud pública en pandemia. En contextos así, la única responsabilidad valorable es la social, que impacta en el otro y que viene del otro; la que nos da expectativas frente a una plaga que enferma, debilita, empobrece y mata a todos por igual, al mismo tiempo y en todos los lugares.
Entonces, deviene evidente e incontrastable el eterno dilema que regula el acontecer político en su perfecta dicotomía: se va hacia una comunidad organizada en un marco de contornos éticos en la que el amor y la igualdad preceden y dan contenido a la noción de prosperidad o nos quedamos en el pantano donde manda el garrote y la arrogancia elitista de poderosos y ventajeros sobre la mayoría que anda a tientas, indigente, temerosa, enojada y sin fe.
David Selser