Si se contabilizan las seis aperturas realizadas por Justo José de Urquiza entre 1854 y 1860 y las dos efectuadas por Santiago Derqui entre 1860 y 1861, la que protagoniza hoy Javier Milei no sería la número 143 —como suele afirmarse— sino la 151.
Los primeros escenarios del poder legislativo
La primera apertura en Buenos Aires fue realizada por Bartolomé Mitre en el antiguo edificio de la Sala de Representantes de la provincia, ubicado en la actual calle Perú 272, dentro de la histórica Manzana de las Luces.
Poco después, Mitre impulsó la construcción de una sede específica para el Congreso Nacional en la esquina de Balcarce e Yrigoyen. Diseñado por el arquitecto Jonás Larguía, el edificio fue inaugurado el 12 de mayo de 1864 y albergó 34 aperturas de sesiones hasta 1906.
El actual Palacio del Congreso, obra del arquitecto Vittorio Meano, se inauguró ese mismo año durante la presidencia de José Figueroa Alcorta, figura singular en la política nacional por haber ocupado cargos máximos en los tres poderes del Estado.
Roca, el récord y el atentado
El presidente que más veces inauguró sesiones ordinarias fue Julio Argentino Roca, con doce discursos a lo largo de sus dos mandatos.
Una de esas aperturas quedó grabada en la historia por un hecho dramático. El 10 de mayo de 1886, mientras se dirigía al Congreso, Roca fue atacado por un hombre que le arrojó una piedra que impactó en su cabeza. A pesar de la herida, el mandatario continuó con la ceremonia.
Con la banda presidencial manchada de sangre, pronunció su discurso ante legisladores y dejó una frase que quedó para la posteridad: “Me retiro sin odios ni rencores para nadie, ni aun para el asesino que me ha herido”.
El episodio fue inmortalizado por el pintor Juan Manuel Blanes en un cuadro que hoy se exhibe en el Salón de los Pasos Perdidos.
Presidentes que faltaron o no pudieron asistir
El segundo mandatario con más aperturas fue Juan Domingo Perón, con once. Le siguen Carlos Menem con diez, y Hipólito Yrigoyen junto a Cristina Fernández de Kirchner con ocho cada uno.
Sin embargo, Yrigoyen nunca asistió personalmente al Congreso para inaugurar sesiones: siempre envió el discurso por escrito. Su relación con el Parlamento era tensa y desconfiaba profundamente de sus integrantes.
Otros presidentes que tampoco concurrieron en determinadas oportunidades fueron Mitre en 1866, Roque Sáenz Peña en 1914, Roberto M. Ortiz en 1939 y Ramón Castillo en 1941 y 1942.
También hubo mandatarios que solo inauguraron sesiones una vez, como Manuel Quintana y Héctor José Cámpora, y otros que nunca lo hicieron por la brevedad de sus gobiernos, como Adolfo Rodríguez Saá.
El precedente de Sarmiento
Hasta 1869, los presidentes pronunciaban apenas unas palabras y dejaban la lectura formal del discurso al vicepresidente. Fue Domingo Faustino Sarmiento quien instauró la tradición de leer personalmente el mensaje ante la Asamblea Legislativa.
Además, el sanjuanino realizaba también clausuras de sesiones, una práctica que no es obligatoria según la Constitución.
Años sin Congreso y cambios de fecha
Entre 1854 y 2020 hubo 21 años en los que no se realizaron aperturas de sesiones ordinarias, en su mayoría coincidentes con golpes de Estado o interrupciones institucionales. Entre 1962 y 1982, por ejemplo, solo hubo ocho ceremonias.
Originalmente, la apertura se realizaba el 1° de mayo. Sin embargo, la reforma constitucional de 1994 trasladó la fecha al 1° de marzo para facilitar la asistencia de legisladores del interior, quienes antiguamente tardaban meses en viajar a Buenos Aires.
Curiosidades recientes
Una de las aperturas más atípicas ocurrió en 2021, cuando Alberto Fernández habló ante un recinto semivacío debido a las restricciones por la pandemia de COVID-19.
Además, el modelo argentino de discurso presidencial ante el Parlamento está inspirado en la tradición constitucional de Estados Unidos, donde el presidente presenta su informe anual sobre el estado de la nación.
A lo largo de más de 170 años, la apertura de sesiones ordinarias pasó de ser un simple acto protocolar a convertirse en un termómetro político del país. Entre discursos históricos, ausencias polémicas, atentados y cambios constitucionales, esta ceremonia sigue siendo uno de los rituales más simbólicos de la democracia argentina.