La sentencia de Nicolás Maquiavelo, escrita hace cinco siglos, resuena hoy con una vigencia escalofriante en nuestra provincia. No como una crítica al intelecto de nuestro pueblo, sino como una radiografía de su vulnerabilidad.
En una provincia donde siempre reina la incertidumbre económica, lo que hace que las tensiones sociales sean paisaje cotidiano y casi permanente, la ciudadanía provincial ha desarrollado una especie de hambre de milagros. Esta sumisión a la urgencia, a la necesidad de cada momento, a llegar a fin de mes, proteger los ahorros de toda una vida o simplemente ver una luz al final del túnel, es el caldo de cultivo ideal para el surgimiento de personajes mesiánicos.
La anatomía del engaño
La historia reciente de Catamarca es un catálogo de decepciones reiteradas. Desde personajes como el “traders” Edgar Bacchiani, que, bajo el aura de salvador financiero, terminó protagonizando estafas piramidales que desangraron los bolsillos de miles de catamarqueños, hasta el político símbolo de estos tiempos, un disruptivo total, Javier Galán, que decía venir a realizar transformaciones estructurales para inmediatamente ser señalado como un negrero y, lo peor, un “Seductor” con la tuya y la nuestra; casi un “Coronel” de los cuentos maravillosos de Jorge Amado. Una práctica común en casi todos los hombres con una cuota de poder pero que no cae bien en alguien que supuestamente viene a mostrar una moral elevada.
El patrón es siempre el mismo:
- La necesidad: Una población asfixiada que busca una salida rápida.
- El salvador: Un personaje con un discurso disruptivo, que se presenta como ajeno al sistema responsable de la crisis.
- La sumisión: El deseo de creer es tan fuerte que se ignoran las señales de alerta.
El círculo de la desilusión
Cuando Maquiavelo habla de la "sumisión a la necesidad", se refiere a que la urgencia nubla el juicio crítico. En Catamarca, hemos visto cómo este ciclo se repite: ante cada fracaso, surge un "outsider" o una nueva promesa mágica que utiliza las mismas herramientas de seducción. El problema es que, tras cada engaño, lo que queda no es solo la pérdida material, sino una frustración social que erosiona la confianza en las instituciones y abre la puerta a líderes aún más extremistas.
Romper el espejo
La ciudadanía catamarqueña no es "engañable" por naturaleza, sino por cansancio. Sin embargo, la advertencia del florentino es un llamado a la lucidez. Para dejar de ser el "alguien que quiera ser engañado", es necesario transformar la necesidad en demanda consciente, y la esperanza ciega en una vigilancia ciudadana implacable.
Mientras sigamos esperando salvadores que nos eximan de la responsabilidad de construir soluciones reales, seguiremos dándole la razón a Maquiavelo: seremos los cómplices involuntarios de nuestra propia decepción.