"A veces, lo que vuelve clásico un juego es su historia"
Daniela Pelegrinelli, docente del Flacso y Lic. en Ciencias de la Educación, hace un recorrido por la historia del juguete en la Argentina. Analiza los factores sociales y económicos que marcaron esta industria y aborda las causas que convierten a ciertos juegos de mesa en íconos generacionales.
No cuesta tanto cerrar los ojos y remontarse a esas tardes
mágicas de la infancia donde soldaditos de plomo, peluches o muñecas cobraban
vida para ser protagonistas de historias increíbles. ¿Quién no ha tirado los
dados sobre el tablero del Juego de la Oca, del Ludo o algún otro juego de mesa
para la familia?
Volver por un rato a nuestra niñez implica reencontrarse con
ese universo lúdico. "Los juguetes van marcando generaciones, sumando capas y
capas de sentidos, volviéndose íconos generacionales o símbolos de experiencias
vividas”, expone Daniela Pelegrinelli, docente del FLACSO y licenciada en
Ciencias de la Educación, al analizar las posibles causas de por qué algunos
juegos logran perdurar en el tiempo.
Directora del Museo del Juguete –ubicado en San Isidro- y
autora del Diccionario de Juguetes Argentinos, Pelegrinelli ha investigado en
profundidad sobre los factores y avatares de la industria del juguete en
Argentina. En diálogo con Agencia CTyS, expone los sentidos que se le daban a
los juguetes en otras culturas y los distintos cambios en la producción
nacional de los juguetes a partir de los escenarios políticos y económicos.
Los antropólogos y arqueólogos constatan la existencia de
juguetes pero con otro sentido del que le damos hoy ¿Cuáles eran dichas
significaciones?
Hay consenso en señalar que pequeños objetos que podemos
asociar a la idea de juguetes fueron efectivamente objetos rituales, o parte
del ajuar o elementos con que se acompañaron los funerales y sacrificios. Los
niños del Llullaillaco, por ejemplo, fueron hallados con una miríada de
pequeños y lujosos objetos, miniaturas, que eran objetos rituales. En ciertos
casos, como los astrágalos o el yo-yo, sabemos que eran utilizados hace unos
dos mil años pero con un sentido entre lúdico y sagrado (en tanto la vida
cotidiana era mucho menos secular que la nuestra).
¿Cuáles es el escenario que se plantea a partir de la
modernidad?
A partir de la modernidad, los cambios en la sociedad
occidental alrededor de la economía, la vida familiar, la aparición de la
escuela como dispositivo obligatorio, entre tantos elementos que constituyen un
fenómeno amplio, ven surgir una industria específica de juguetes, que de algún
modo acompaña esos cambios y el nuevo estatuto de la infancia. Estos juguetes
tienen otros sentidos, ya que transmiten valores modernos. A estas nuevas
maneras de ver el mundo se les adjudican funciones -enseñar, ilustrar, entretener-
asociadas a esos cambios sociales. Con el avance del capitalismo
industrial, los juguetes serán un objeto
de consumo más, asociado a la infancia. En las últimas décadas, el capitalismo
de mercado refuerza y naturaliza más esa alianza entre niños y juguetes y
genera un marco cultural infantil complejo y abigarrado donde los juguetes se
enlazan con otros objetos de consumo en amplios mundos narrativos (el mundo de
Pokemon, de los Minions, etc).
¿Se puede hablar de etapas o puntos de inflexión dentro de
la industria del juguete en la Argentina?
Sí, hay claramente períodos: de fines del Siglo XIX hasta
1939, es un período caracterizado por pequeños talleres, improvisación,
materiales y procesos tecnológicos muy básicos, más cerca del artesanado que de
la industria. La Primera Guerra Mundial permite, por un tiempo, la aparición de
algunos talleres, ya que siempre que hubo un descenso de la importación la
industria juguetera local creció. Esto sigue ocurriendo aunque los motivos del
cese o disminución e importación sean otros. Va a ser el estallido de la
Segunda Guerra lo que -como se sabe- genera el proceso de sustitución de
importaciones que caracteriza a la industria del período. Cuando asciende el
peronismo al poder había un cúmulo de fábricas como para hacer frente al
desafío que fue producir hasta tres millones de juguetes para satisfacer los
repartos masivos que se realizaron durante todo el Gobierno peronista.
¿Qué efectos tuvo el derrocamiento del peronismo?
Hubo un momento de incertidumbre, un cambio demasiado brusco
que preocupó a la Cámara del Juguete, que como respuesta a la crisis empezó a
pensar en el Día del niño. La llegada masiva de los diferentes procesamientos
del plástico generó un nuevo impulso, algunas fábricas quedaron en el camino,
pero la industria creció como nunca antes. Durante los años sesenta y setenta
la producción de juguetes argentinos, más o menos protegidos por las leyes
aduaneras, se extendió enormemente. Los chicos y chicas de esos años jugaron
con juguetes nacionales muy célebres como Duravit, Buby, Rayito de Sol, Piel
Rose, Gorgo, Mis ladrillos y San Mauricio, entre otros.
¿Cuánto impacto tuvo la llegada de la dictadura, en este
contexto?
La apertura económica de la dictadura acabó con ese
esplendor pero, contradictoriamente,
dejó entrar muchos juguetes que también modificaron el juego infantil y
aportaron sentidos nuevos. Algunos de esos juguetes estaban ligados al cine,
por ejemplo todos los juguetes ligados a la saga de Star Wars, aunque también
entraron otros juguetes innovadores como muñecos sexuados que se veían por
primera vez en el país. Para la industria argentina fue un cimbronazo del que
no se va a reponer. La hiperinflación y más tarde las políticas neoliberales de
la década del noventa hicieron que prácticamente la industria de juguetes
dejara de existir. La recuperación se produjo post 2001.
¿Qué lleva a que ciertos juegos de mesa, como por ejemplo El
Juego de la Oca, se hayan institucionalizado como clásicos? ¿Es la dinámica,
los significados que se ponen en juego, el hecho de que integren a grandes y
chicos?
No es tan fácil generalizar, habría que investigar cada
caso. En muchos casos, lo que vuelve clásico un juego es su historia. La Oca es
un juego muy antiguo, que luego quedó asociado a la infancia victoriana y a la
concepción de juegos educativos. El Siglo XIX fue muy prolífico en producir
juguetes y juegos de papel ya que coincide con una época donde se expande la
litografía color y la imprenta se masifica y diversifica. La relación entre
ideal de infancia que floreció en Inglaterra durante el Siglo XIX e influyó
notablemente en la industria juguetera (una idea heredera del romanticismo, el
puritanismo y los modos de vida burgueses) y los juegos de sociedad (que
llamamos de mesa) fue muy intensa. Hay una tradición fuertísima en la
industria, que tiende a reproducirse a sí misma, de ciertos juegos de sociedad.
Es decir, se fabrican ciertos juguetes porque se han venido fabricando. A eso
se suma que esos juguetes van marcando generaciones, sumando capas y capas de
sentidos, volviéndose íconos generacionales o símbolos de experiencias vividas.
Eso puede o podría explicar en parte por qué perduran esos juegos.
También surgen juegos propios del capitalismo…
Claro. Como el Monopoly, que tenía antecedentes y que en
nuestro país, en 1937, va a inspirar una versión igualmente ideologizada: El
Estanciero. El TEG ha ganado fama más por la afición adulta que por el interés
infantil. Hay juegos que se rodean de una cierta aura, una mística, que vale
decir, no siempre está asociada a las bondades del juego. El Cerebro mágico,
por ejemplo, es celebérrimo. Y como juego es previsible y se agota en poco
tiempo, no exige del jugador más que memoria y es un modo encubierto de
aprender datos la más de las veces inútiles. Pero es un clásico que despierta
las emociones, los suspiros y los "¿Te acordás?".
Daniela Pelegrinelli es Licenciada en Ciencias de la
Educación (UBA) y becaria de posgrado de la Universidad de San Martín. Cursa la
Maestría en Historia del Arte Argentino y Latinoamericano en IDAES, UNSAM.
Además, es docente de posgrado en FLACSO, en el curso "Educación Inicial y
Primera Infancia”. Como especialista en
historia de los juguetes ha desarrollado diversos proyectos desempeñándose como
curadora, investigadora y asesora. También es directora del Museo del Juguete,
en San Isidro.
Fuente: Agencia CTyS