Djokovic campeón de Roland Garros en heroica remontada
El número uno del mundo, el serbio Novak Djokovic, conquistó su 19º Grand Slam luego de imponerse 6-7 (6), 2-6, 6-3, 6-2 y 6-4 en una final de alto voltaje.
La historia se lo demandaba. No podía ser de otra manera. Después de haber concretado el golpe más impactante a lo largo de los tiempos, nada menos que ante Rafael Nadal en su recinto inexpugnable, Novak Djokovic debía cumplir con el mandato. Y así lo hizo, no sin antes imprimir la cuota de épica que requieren los choques por la posteridad: por primera vez se consagró en un torneo de Grand Slam después de perder los dos primeros sets.
Del otro lado estaba Stefanos Tsitsipas, el número cinco del mundo, uno de los jugadores más consistentes del mundo sobre polvo de ladrillo. Roland Garros, sin embargo, está reservado para los grandes gladiadores, los que no se rinden, los que se embarran por la gloria. Ni los mayores dioses del Olimpo pudieron empujar al talentoso griego para derribar al mejor de todos. Porque Djokovic, libra por libra, es el mejor.
Y así lo demostró, por enésima vez, con el plus que sólo tienen las leyendas: se impuso 6-7 (6), 2-6, 6-3, 6-2 y 6-4 para levantar su segunda Copa de los Mosqueteros -ya había ganado en 2016- y la 19ª de su carrera en torneos de Grand Slam, una cifra que lo deposita a sólo una del récord absoluto en manos del propio Nadal y de Roger Federer.
Tsitsipas exhibió toda la amalgama de recursos durante los dos primeros sets , con el poderío de la bola pesada y la supremacía de un drive invertido que bien podría ser el más efectivo del circuito. Todo aquello ante el número uno y sin ningún tipo de presión aparente: desbordó a Djokovic por ambos lados de la cancha y hasta pareció desquiciarlo en varios pasajes. El renovado estadio Philippe Chatrier, con el público permitido en plena pandemia, estaba por presenciar el verdadero cambio de mando: el griego de 22 años estaba cada vez más cerca de conquistar su primer trofeo de Grand Slam.
Pero hubo un quiebre. Un instante. Una milésima de segundo. Aquel momento en el que Djokovic, después de perder el segundo set casi sin atenuantes, decidió ir al vestuario. Los grandes campeones necesitan, cada vez que las cosas se complican, tomarse un minuto para mirarse al espejo. A partir de su regreso al mítico polvo de ladrillo parisino todo cambió. Su semblante ya bera otro. Su presencia en la cancha era distinta. Allí todo perecía haberse torcido: el instinto asesino del hombre que va por todas las marcas de la historia estaba activado.
Djokovic sacó todo lo que tiene, aquel abanico de armas ilimitado, inigualable, con el que construyó una carrera que va camino a ubicarse por encima del mundo. El serbio ya estaba sentado entre los más grandes de la historia, pero en este torneo jugó por el objetivo mayor: perdurar en los tiempos por sobre los demás campeones. Y ya inició el trabajo: es el primer jugador que consigue ganar al menos dos veces cada torneo de Grand Slam desde que el tenis viera nacer la Era Abierta, en 1968. Ni Federer. Ni Nadal. Ni Laver. Ni Agassi. Sólo Djokovic lo hizo. Y ahora va por la marca máxima de títulos, con Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos en el horizonte. La historia, para el mejor, acaba de comenzar.