Una herencia pesada
Si nos imaginamos que la actualidad política de Catamarca se desarrolla en un teatro -lo mencionamos como un lugar adecuado para observar un espectáculo cómodamente sentados en una butaca-, y no como una tangencial alusión a ciertos personajes que actúan en los ámbitos de la política.
Entonces veremos desfilar, por ejemplo, cuestiones de suma importancia –algunas singularmente graves-, que no fueron objeto de la debida atención por parte del gobierno presidido por el ingeniero agrimensor Eduardo Brizuela del Moral (en retirada) y de las que –si o si-, tendrá que hacerse cargo la doctora Lucía Corpacci a partir que asuma el próximo 10 de diciembre.
Para evitar confusiones advertimos a nuestros lectores que a la gobernadora electa no le vamos a dar el tratamiento de “Su excelencia” o “Señora Gobernadora Doctora Doña Lucía Corpacci”. Su habitual sencillez invita a llamarla “Doctora Lucía” o “Doctora Corpacci” con la más respetuosa cordialidad,
En tren de imaginar situaciones, nos parece ver a la Doctora Lucía tratando de determinar por cual de los problemas comenzar. Son un montón. Y, obviamente, unos más graves que otros.
¿Se dispondrá a tratar el problema de LA SEGURIDAD (Léase Policía)?
Si se anima podría producir una revolución en la materia modificando el vínculo laboral de la Fuerza con la Administración Pública.
Para empezar, disponer que ningún efectivo perciba –de bolsillo-, menos de cinco mil pesos ($ 5.000) mensuales. Y que ningún integrante de la Fuerza cobre menos del equivalente al 70 por ciento del sueldo del gobernador como emolumento para el máximo grado.
Que el personal policial –salvo casos muy especiales-, trabaje 10 horas diarias y descanse 14 y que todos los efectivos policiales estén bajo el régimen de “dedicación exclusiva” o “full-time”.
La idea es que el policía no tenga que pasar penurias económicas y que en lugar de descansar tenga que salir a trabajar de albañil, de carpintero, de remisero o de gastronómica para “yapar el jornal” y poder mantener su familia con cierto decoro. Un sueldo como el sugerido lo pondría, también, fuera del alcance de ciertas tentaciones poco o nada recomendables en que suelen caer en procura de arrimar esa moneda que le está faltando con los sueldos actuales.
Podrá disfrutar de sus horas de descanso y compartir con su familia, cosa poco posible con los regímenes laborales que funcionan desde siempre en casi todas las reparticiones policiales.
La condición de “dedicación exclusiva”, al no permitirle tener otro u otros trabajos, lo obligará a respetar las horas de descanso enunciadas. Una jornada de diez horas para un individuo debidamente entrenado y preparado en la Escuela de Policía no pondrá en riesgo su salud y redundará en la prestación de un mejor servicio en todo sentido.
A propósito del instituto donde se enseña al personal policial, cabe sugerir un cambio. En lugar de “Escuela de Cadetes de Policía” instaurar como denominación “Escuela de Policía”. ¿Acaso decimos “Escuela de Cadetes de Aviación”, “Escuela de cadetes de Gendarmería”. “Escuela de cadetes navales”, etc. etc.? El “gran cambio” que le sugerimos a la Doctora Lucía podría comenzar por el nombre de la institución formadora del personal policial.
Por cierto, los requisitos para acceder a la escuela deberán ser singularmente rigurosos. La atracción ejercida por buenos sueldos podría funcionar como señuelo para quienes, careciendo de vocación y aptitudes, pretenden integrar el Cuerpo de profesionales para cobrar un buen sueldo y no otra cosa. Sería un “ñoqui de alta gama con uniforme”.
Lo que se propone en este envío tiene que ver con el respeto que debe inspirar un policía. Hoy, ocurre que el mismo uniformado que nos atendió en la seccional para confeccionar una constancia de supervivencia como jubilado, es el mismo con el cual discutimos ayer cuando, como remisero, no tenía cambio de cien pesos para cobrar la corrida. O se trata del hombre que cambió los mosaicos de la cocina en la vivienda de un amigo o –en una de esas-, se trata de ese individuo que vendía CD truchos en la Peatonal Rivadavia o ese otro, el que pasó por el barrio vendiendo tres pares de medias por diez pesos.
¿Qué respeto puede inspirar un policía si se ve obligado a rebuscárselas como cualquier hijo de vecino? Consideramos que el hombre uniformado, integrante de la Fuerza, tiene que ser diverso del resto de las personas. Destacarse en la sociedad a la que sirve.
No ser “del montón”. No se trata de que integre una “casta” de privilegiados sino que, integrado a la sociedad, posea perfiles propios inspirando respeto y afecto especialmente en los niños.
En Archivo conservamos vivencias de la infancia, cuando una veintena de chicos jugábamos en el patio de la Seccional 40 en el barrio de Floresta en Buenos Aires, bajo la atenta mirada de un vigilante que, a veces, era el mismo que paraba en la esquina de Portela y Juan Bautista Alberdi.
Dirán que eran otros tiempos, otras costumbres y otra clase de gente. Es probable, pero hay cosas que cambiaron y no debieron cambiar y una de ellas es el respeto hacia la autoridad policial, el brazo armado de la ley, los auxiliares de la justicia. Un respeto que no les cae de arriba por efecto de la Divina Providencia sino que deben ganárselo por su profesionalismo y su honestidad, Para ello hay que darle las herramientas necesarias: instrucción preparación, equipamiento y buenos sueldos.
Recién entonces podremos exigir “seguridad” y el delito generalizado que hoy campea en Catamarca en lugar de aumentar, decrecerá notoriamente.
Encarar un cambio como el que se sugiere en estas líneas es, sin duda, una obra poco menos que ciclópea. Será menester desarmar “quiscos” gigantescos y poderosos. Desterrar para siempre la baja política instalada en la repartición. Conformar un grupo interdisciplinario cuya consigna sea “Se puede porque es posible” En lugar de buscar excusas encontrar soluciones a lo largo de una gestión que llevará tiempo pero cuyos resultados finales serán exitosos
No es el caso hoy y aquí de reseñar las falencias que acusa el sistema de seguridad que han implantado en la provincia. Los índices del delito, la información periodística y los mismos integrantes de la Fuerza con sus legítimos reclamos están dando la pauta de que las cosas no funcionan come es debido y como algo verdaderamente insólito se registraron incidentes que llegaron a una efectiva ocupación de la Casa de Gobierno, recurso extremo al que debieron recurrir en procura de ser escuchados. Al final obtuvieron una mejora salarial que funciona en base a un puntaje, confeccionaron una planilla con la cual –supuestamente-, se
podría interpretar o manejar la planilla de marras pero alguien lo dijo: los policías no son contadores y para manejar la planilla hacen falta contadores.
A veces el Poder Ejecutivo encara los problemas a partir del manejo de datos erróneos o adopta disposiciones singularmente complejas que hacen acordar a lo que seria la extracción de un molar superior por vía rectal o algo parecido. La notoria falta de claridad y transparencia en estas cuestiones conspira contra la obtención de acuerdos beneficiosos y sostenibles.
El solo hecho de que el 25 por ciento del personal policial se halle en situación de disponibilidad está marcando una evidente anomalía que no puede trascender en el tiempo para mantener una cúpula cuyo cuestionamiento procede de diversos sectores, incluyendo el oficialismo y lo que éste no hizo en ocho años, no lo hará en siete meses, por más presión que se aplique al proceso imprescindible para llegar a buen puerto en materia de Seguridad.
Y mal que le pese a algún opinólogo u opinóloga, son estas cosas las que –forzosamente-, heredará la doctora Lucía y su equipo.
Cabe esperar que las nuevas autoridades posean las luces y el empuje necesarios para solucionar éste y otros problemas que afectan el buen funcionamiento de la provincia.