Maristella Svampa: “Es necesario dar una batalla cultural"
La socióloga advierte sobre una “nueva diáspora” a partir del actual contexto de “ajuste, recesión y unilateralidad del trabajo científico” y lamenta el triunfo de “una visión instrumental y positivista", en la que la ciencia y el CONICET son entendidos como "unidades de servicio” para empresas.
El 2017 se presenta como un año bisagra para la Ciencia y la
Tecnología. Con un presupuesto inferior al ejecutado en años anteriores y un
conflicto entre investigadores y el CONICET sin solución definitiva, el
escenario abre un interrogante sobre el futuro del sector y de sus actores
involucrados.
En diálogo con Agencia CTyS-UNLaM, la Doctora en Sociología,
recientemente galardonada con el Premio Konex de Platino, Maristella Svampa,
cuestiona el rumbo de la política científica argentina e invita a repensar los
vínculos entre ciencia, empresas, Estado y sociedad.
-¿Qué lectura tiene
sobre las últimas decisiones políticas en materia de ciencia?
Creo que la estrategia de achicamiento del CONICET está
efectivamente en sintonía con lo que sucede en otras áreas encaradas por el
gobierno, que no cumplen con la promesa original que había hecho Lino Barañao
al permanecer en el puesto del ministerio. En ese sentido, el gobierno no hace
más que consolidar esos núcleos ligados a una visión instrumental y
positivista, cercana al neoliberalismo, en la que la ciencia y el CONICET son
entendidos como unidades de servicio en relación a las empresas. Es así que no
me extraña que hayan ampliado los temas estratégicos tan directamente
vinculados a esta visión utilitaria de lo que se entiende por "relación con la
sociedad”.
-¿Qué rupturas y
continuidades observa respecto de la gestión anterior?
En la gestión anterior coexistían dos líneas diferenciadas.
Por un lado, una visión más instrumental, positivista y hegemónica de la
ciencia y, por otro lado, una imagen —si se quiere— más amplia y plural de las
ciencias, con lo cual, este recorte no es una suerte de rayo en un día de sol,
sino que sintetiza la elección de una de estas dos líneas como la única y
dominante. Se afianza así una visión unidimensional de la ciencia, algo que se
puede ver con claridad a la hora de abordar las problemáticas ambientales.
Durante los años precedentes, hubo una política de ingreso amplia, una imagen
más plural de la ciencia y un horizonte también amplio a futuro. Pero, no nos
olvidemos que, si bien fue una época creativa y de mucha consolidación de la
ciencia argentina, durante el mismo periodo se promovió una mirada positivista
de la ciencia. Es decir, se eligió a Lino Barañao como ministro de Ciencia y
Tecnología porque es él quien representaba dicha visión hegemónica de la
ciencia, ligada estrechamente a las corporaciones.
-¿Por qué prevalece
esta línea de pensamiento en las gestiones?
Vivimos en un mundo en el cual dominan las grandes
corporaciones que, en alianza con los diferentes gobiernos, han penetrado en el
sistema científico, académico y tecnológico de todo el mundo. Esto también ha
sucedido en Argentina porque, más allá de la pluralidad de voces, no es posible
ocultar que ha existido un persistente intento de colonización del discurso
público donde sólo se considera científico lo que es afín y funcional a los
modelos dominantes. Y esto pasó cuando efectivamente se cuestionó el modelo
sojero, el modelo de la mega minería o la técnica de la fractura hidráulica.
Pero sin duda, sucede de modo recurrente cada vez que los resultados de una
investigación ponen de relieve la insustentabilidad y los impactos sobre la
salud del modelo sojero. Yo creo que allí donde hay una colisión del
conocimiento crítico con la visión dominante se busca descalificar a los
científicos que realizan un trabajo crítico. En esto hay una enorme
continuidad.
-¿Qué ocurre con el
vínculo entre el sector científico y la sociedad?
Tradicionalmente, ha habido un consenso acerca de que la
ciencia es algo más que un sector ligado a la creación de empleos, que la
utilidad de la ciencia está ligada a la necesidad de conocer la sociedad en la
cual vivimos, sus problemáticas, incluso, desde una perspectiva amplia, ligar
esto a una perspectiva de bienestar, de cuidado de las personas y de los
territorios en el mediano y el largo plazo. En ese sentido, la universidad
pública y el CONICET son ámbitos que tienen un rol fundamental en la producción
de saber y en la discusión de estos temas, que son grandes debates societales.
Sin embargo, la visión instrumental de la ciencia —hoy en día, dominante—
invisibiliza el carácter problemático de estas cuestiones societales, queriendo
imponer una sola visión utilitaria del problema.
-¿Cómo se percibe esta
tensión en el ámbito científico cuando se habla de Ciencias Sociales y Exactas?
La discriminación entre ciencias "blandas” y "duras” encarna
toda una valoración positiva para las ciencias exactas y naturales, y una
negativa de considerar legítimas para las ciencias sociales. El CONICET siempre
ha sido un lugar muy plural, y allí hemos tenido mucha discusión a la hora de
consensuar criterios para la evaluación. Siempre se ha dado una tensión con
aquellos que provienen de la ciencias exactas que buscan imponer los criterios
asociados a las ciencias naturales para evaluar a las ciencias sociales. Y, en
general, en ese diálogo, la gente que viene de las ciencias exactas y naturales
termina por comprender que hay una lógica diferente que rige a las ciencias
sociales, pero es un trabajo arduo de socialización. Un camino de Sísifo.
-¿Cómo evalúa la
distinción que hace el gobierno entre las ciencias básicas y las aplicadas?
Sin desarrollos en ciencia básica, no hay posibilidad de
ciencia aplicada. Me temo que esto vaya a generar una nueva diáspora de
científicos, a los cuales se les van a ofrecer otras vías, otras posibilidades,
como ya ha sucedido en otras épocas con científicos argentinos, que han
terminado trabajando en universidades estadounidenses o europeas. En ese
sentido, en la gestión anterior se había consolidado la idea de que había que
trabajar acá y se habían pergeñado proyectos ambiciosos como Arsat y otros, que
hoy me parecen lejos de poder desarrollarse en este contexto de ajuste, de
recesión y de unilateralidad del trabajo científico.
-¿Cómo cree usted que la sociedad percibe a la ciencia?
Creo que ha habido una visibilidad mayor de lo que han sido
los logros científicos, en relación a las llamadas ciencias duras o
experimentales. No obstante, respecto de las ciencias sociales y humanas, hay
un mayor desconocimiento acerca de cuáles son sus aportes. En este contexto,
soy partidaria de de hacer más intervenciones públicas y promover más debates.
Eso sucedió, por ejemplo, a la hora de discutir diferentes proyectos
parlamentarios, como la ley nacional de glaciares hasta la ley de matrimonio
igualitario y de diversidad sexual, por dar tres ejemplos resonantes. Muchas
veces, la gente que proviene de las ciencias humanas tiene una fuerte tendencia
a la endogamia, a producir solamente papers de los cuales la sociedad desconoce
cuál sería el aporte. En definitiva, hay que promover una discusión, y eso
implica hacer un esfuerzo por socializar los conocimientos.
-¿Cómo se retoma el
vínculo entre ciencia y sociedad, por fuera de la visión utilitaria que usted
señala?
Es necesario dar una batalla cultural para ampliar la
concepción de la ciencia y para problematizar la idea misma del debate. Nunca
hay una respuesta única a un problema. Entre este presente y la batalla
cultural, también están las luchas sociales. En esa línea, considero que ha
habido un empoderamiento importante en los últimos años, desde 2001 en
adelante, que hoy se ve en las calles, y esas líneas de acumulación no están
solamente en las organizaciones sociales, sino también en el campo científico
argentino.
Fuente: Agencia CTyS