Recuerdo y exaltación del paso del padre Esquiú por Tucumán
El diario La Gaceta de Tucumán, uno de los más tradicionales e importantes del país, exaltó la figura de fray Mamerto Esquiú, al recordar la presencia del prócer catamarqueño en aquella provincia. En la nota del periodista Carlos Páez de la Torre, en su columna dominical “Memoria”, se recrean “algunas anécdotas recogidas por los biógrafos tucumanos sobre el virtuoso sacerdote, que inauguró la Catedral tucumana en 1856”.
(*) En varias oportunidades, el célebre Fray Mamerto Esquiú estuvo en San
Miguel de Tucumán. Hay quienes han rescatado brevemente esos momentos. Por
ejemplo, en un recuerdo de niño, el doctor Ernesto Padilla cuenta que, a mitad
de la hoy calle San Martín, frente a la plaza, estaba entonces el Hotel Colón,
de don José Gamboni. Allí "paraba la mensajería que venía de Salta”. En un
mediodía caluroso, vio "bajar a un franciscano que pasó cubierta la cabeza con
un gran sombrero de alas anchas. Su nombre fue señalado a su paso: era el padre
Esquiú.
Había pronunciado, en nuestra ciudad, el sermón de la inauguración de
la Iglesia Matriz (hoy Catedral), el 20 de febrero de 1856. El futuro
presidente Nicolás Avellaneda, entonces veinteañero, asistió a la ceremonia.
En la Matriz
Narra que Esquiú "apareció en el púlpito de la nueva iglesia y
preguntó, comprimiendo los brazos sobre el pecho y con una voz cuyos acentos no
hemos olvidado después de tantos años: ‘¿Qué es el templo?’ ‘¿Qué es la
Patria?’.
Explicó "con magnificencia, el dogma cristiano de un Dios encerrado
bajo formas visibles en el Tabernáculo -la solidaridad en el bien, en el dolor,
en su destino inmortal, de las generaciones que vienen unas después de otras a
postrarse bajo sus sagradas bóvedas- y volvió a resonar en sus labios el grito
de patriotismo heroico que treinta años antes había sido arrojado en aquel
mismo recinto, haciendo alborear los horizontes oscuros de medio mundo”…
El profesor Félix F. Avellaneda, autor de una biografía de Esquiú
editada en 1917, añade algunos testimonios de esos días tucumanos. Al parecer,
la gente de nuestra ciudad tenía en esa época cierta fama (con toda la
relatividad del caso) de sofisticación y de cultura. Por eso una señora
catamarqueña preguntó al padre cómo se "atrevía” a predicar en esa Catedral.
Esquiú respondió: "Mi estimada señora, sólo Dios es grande y esa sola grandeza
me aterra. La verdad de la fe debe decirse dónde quiera”.
La humildad
Cuenta también este biógrafo que, mientras Esquiú pronunciaba su sermón
en Tucumán, la transpiración lo obligaba a secarse la cara con la manga de su
hábito. Pensando que carecía de pañuelo, una de las señoras le acercó el suyo
disimuladamente. Esquiú lo recibió con un gesto de cortesía, pero lo colocó a
un lado, sin usarlo.
Comenta el autor que se secaba con la manga y descartaba el pañuelo, no
por falta de cultura, sino por esa humildad que era característica de su vida;
y que sin duda predicar en un acto tan solemne le resultó una mortificación,
porque desdeñaba todo lo que significara vanidad.
Según la misma fuente, por esos días asistió a un oficio religioso en
un colegio, y escuchó a un predicador que hablaba enfáticamente de los
tormentos del infierno. Luego, en privado, Esquiú le dijo que hubiera preferido
que hablase "de las misericordias del Señor”. El predicador quedó un tanto
molesto y, cuando luego se cruzó con Esquiú, le dijo con sorna: "¿Cómo le va al
reverendo padre de las misericordias?”. A lo que Esquiú respondió rápido,
dándole la mano: "Esperando, mi señor, que usted las tenga conmigo”, réplica
que dejó al otro desarmado.
Amigos y libros
Tanto eco tuvo su pieza oratoria de 1856, que el Gobierno de Tucumán la
hizo editar en la Imprenta del Estado, en un folleto de 13 páginas del cual se
conservan algunos raros ejemplares.
Por lo demás, Esquiú conocía a varios tucumanos desde su niñez. Había
estudiado en la renombrada Aula de Latinidad que Fray Ramón de la Quintana
dirigía en Catamarca. Allí concurrían, "desde Tucumán, Salustiano Zavalía, el
doctor Alurralde, los presbíteros Colombres, los Alkaine, el padre Romero”…
Varios sacerdotes del convento franciscano de Tucumán fueron sus discípulos,
como fray Solano Cuello, según recuerda José R. Fierro.
Nicolás Avellaneda pudo entrar en la celda que ocupaba Esquiú en el
convento franciscano de Tucumán. Alcanzó a ver los títulos de libros que tenía
en su mesa. Eran "el volumen segundo de la ‘Filosofía fundamental’ de Balmes;
el ‘Ensayo sobre el cristianismo y el liberalismo’, de Donoso Cortés; las
‘Matemáticas elementales’ del padre Justo García; la ‘Imitación de Cristo’, un
tomo del ‘Diccionario de Agricultura’ de Rosier, que fue traducido al español
durante el reinado de Carlos IV, y que hacía recordar que el padre había nacido
en una familia de humildes labradores”.
Más anécdotas
Fierro también lo vio en Tucumán, en 1880. Un fraile amigo con quien conversaba
en San Francisco, le preguntó de pronto: "¿Quiere conocer al padre Esquiú? Hoy
ha llegado”, y se lo señaló. "El padre Esquiú se paseaba lentamente por el
claustro, leyendo o rezando en un libro. Estaba de paso a Córdoba. Iba nada
menos que a su consagración episcopal. Lo vi humilde, pero envuelto en la
aureola de su fama; y es de adivinar cómo se había escrito y comentado de su
persona en esos días. Lo observé de lejos y de cerca, pasando junto a él con el
respeto consiguiente; aunque él no levantó su vista del libro ni se dio cuenta
de las pasadas que le hice para verlo y admirarlo mejor. Sin embargo, su imagen
se grabó indeleble en mi memoria”.
Añade que al día siguiente "a la hora de siesta, un fraile franciscano
desconocido anduvo llamando la atención por mi barrio de calle Las Heras (hoy
San Martín) y se lo creyó mendicante. Así fue la sorpresa de las personas que
‘le dispararon’, al saber luego que había sido el padre Esquiú, buscando al
casa de una señora enferma que le había hecho rogar que llegase para que la
confesara”.
Catamarca y Tarija
Nacido en Piedra Blanca, Catamarca, en 1826, a los tres años vistió ese
hábito franciscano que ya no abandonaría jamás. Se formó, dijimos, en el aula
del padre Quintana y en 1849 se ordenó sacerdote. Enseñaba en el convento y en
el seminario catamarqueño, en 1853, cuando se sancionó la Constitución
Nacional. Pronunció entonces su célebre sermón, donde exaltaba la nueva carta y
llamaba a la unidad nacional. Sus palabras repercutieron en todo el país, editadas
y distribuidas en las provincias.
Luego de inaugurar la Matriz de Tucumán, fue en Catamarca diputado
provincial, constituyente, periodista. En 1862 decidió huir de la fama que
había adquirido y "vestido de una jerga cenicienta, con el pie desnudo sobre la
sandalia y con el bastón de viaje”, partió al convento boliviano de Tarija.
Encerrado en su celda, sólo salía para enseñar en el seminario y para misionar
en las reducciones indígenas. Leía a San Agustín y pensaba, feliz, que ya nadie
se acordaba de él.
No al arzobispado
Pero en 1864 le ordenaron trasladarse a Sucre, para dictar Teología en
el seminario de esa ciudad. Cuando se produjo en Roma la caída del poder
temporal del Papa, entendió que debía defender su causa y fundó allí el
periódico "El Cruzado”. Allí publicaría valientes y meditados artículos. Pero
la soledad lo atraía con fuerza, y logró permiso para volver a Tarija y a su
celda.
Allí estaba cuando el presidente Domingo Faustino Sarmiento eligió su
nombre, en la terna para Arzobispo de Buenos Aires. Pidió quince días para
meditar la respuesta. Escribe Nicolás Avellaneda que esa respuesta "fue
negativa, y la redactó en un documento del que el doctor Rawson dijo que era
necesario leerlo, volverlo a leer y guardarlo enseguida para tenerlo presente
en ciertas ocasiones de la vida”.
Roma y Jerusalén
Tras esta renuncia, partió a misionar al Perú y al Ecuador. Volvió en
1875 a Catamarca. Aceptó ser convencional constituyente, y le tocó esclarecer,
desde el púlpito, la posición de la Iglesia frente al Estado. En 1876 fue
enviado a Europa. En Roma, el Papa Pío IX lo recibió dos veces. Al año
siguiente, decidió visitar las tierras de Cristo. Llegó a Montevideo sin un
peso, y le ofrecieron proveerlo de todo. "Sólo aceptó un pasaje de segunda clase
en un buque para proseguir su viaje”, dice Nicolás Avellaneda.
Arribó a Jerusalén, visitó los lugares santos y aceptó hablar en el
templo franciscano. Cuenta esta fuente que, en esa ocasión, "su voz se deshizo
hasta prorrumpir en el sollozo, y dijo: ‘Soy tal vez el único hombre que no
conoció sobre sus carnes sino el traje talar de los franciscanos. Lo llevaba a
los tres años por un voto de familia, y no tenía sino nueve cuando fui admitido
en el convento. Debo a este hábito el alimento del cuerpo, la luz del alma y le
debo hasta las afecciones que han calentado mi corazón. Es mi padre, es mi
madre”.
El obispo
Vuelto al país, regresó a Catamarca. Viajó a Buenos Aires en 1880 para
hablar en la Catedral, celebrando la solución del problema de la Capital de la
República. Fue designado obispo de Córdoba y ya no pudo negarse, porque la
Santa Sede le impuso que aceptara, como acto de obediencia.
Cumplió su misión pastoral con enorme celo. Daba ejemplo de humildad.
Cuando alguna vez accedió, a regañadientes, a ponerse la vestimenta púrpura de
prelado, la llevaba desprendida, para que apareciera debajo el hábito
franciscano. Dormía sobre el piso.
Murió cuando regresaba de misionar en La Rioja, en la posta de El
Suncho, el 10 de enero de 1883. Su corazón se conservaría en el convento
catamarqueño para veneración pública. Hasta que, en 2008, un delincuente
boliviano rompió la urna, se llevó el despojo y lo arrojó en cualquier parte.
La Justicia lo dejó libre, con extraña lenidad, por "hurto simple”.
Eco de su muerte
La muerte del padre Esquiú conmovió a toda la República, sin
excepciones. Hasta un escéptico en materia religiosa, como era Dalmacio Vélez
Sarsfield, no pudo menos que decir que, cuando alguien como Esquiú "es
comprendido por un pueblo, y se sabe valorar su mérito, ese pueblo es un pueblo
civilizado, aunque sus casas sean chozas de barro”.
Con ocasión de ese duelo, Nicolás Avellaneda escribió que "cada pueblo
siente necesidad de saber que, sobre la porción de tierra por él habitada, hay
siquiera una oración salida de un labio humano, subiendo con seguridad a los
cielos, y a la que se le pueda decir: ¡Ruega por nosotros!”. Añadió que
consideraba a Esquiú "el ejemplo vivo de una virtud más constante, de mayor
elevación moral y de una humildad más profunda, que hayamos conocido entre los
hombres”.
(*) Texto publicado el domingo último en el diario la Gaceta de Tucumán.