¿Estamos en vísperas de un nuevo “Rodrigazo”?
Tal vez estas líneas deberían llevar, a modo de advertencia, el siguiente texto: “Lectura no apta para personas adineradas o integrantes de los sectores que manejan elevados ingresos”.
La advertencia tendría sentido por que esas personas –observando estas líneas-, percibirían que están leyendo en un idioma desconocido, no entenderían absolutamente nada.
En cambio, quienes “militamos” en los sectores menos pudientes, los de bajos o magros ingresos,, los que andamos cuerpeándole a la calificación de “pobres” o “indigentes” sabemos perfectamente de qué se trata.
Lo aprendemos a diario en los más diversos lugares y a través de nuestras hijas y nuestras esposas que son las que van al súper, las que están en la “línea de fuego” y reciben los cachetazos que propinan, sin misericordia, los constantes aumentos en los precios.
El ministro Boudou admitió que “existe un leve índice inflacionario pero no es preocupante”. Y el camionero Moyano rotundizó al decir que “no hay inflación, lo que hay es una sensación”. Moyano es consciente de que se aparta de la verdad con esas afirmaciones por la sencilla razón que sus afiliados presionan pidiendo aumentos salariales y todos dicen lo mismo: “Lo que ganamos no alcanza para llegar a fin de mes”.
La gente, cuando se entera de estas manifestaciones, piensa que tanto Boudou como Moyano saben que sus afirmaciones son “para la tribuna”, para “la gilada”, salvo que vivan en otro planeta o hagan todas sus compras en un país sin inflación.
Es probable que haya lectores que recuerden los tiempos vividos en la década de los años ’70, cuando gobernaba la señora María Estela Martínez, viuda de Perón, y los precios subían a una velocidad sencillamente increíble como resultado de unas medidas que adoptó su ministro de Economía, el famoso Rodríguez , causante del “Rodrigazo”.
Actualmente, puede afirmarse que no hay nada que no se vea afectado por los aumentos de precios. Empezando por el dólar americano que ya llegó a los cuatro pesos pero cuando algún especialistas, allá por enero o febrero, pronosticó esa cifra desde los ámbitos oficiales lo desmintieron categóricamente. Y enfatizaron sobre la estabilidad monetaria. Y descalificaron al pronosticador.
Por cierto, los pobretones como nosotros no manejamos dólares pero su precio es un índice válido. Nosotros nos manejamos con el precio del azúcar, la yerba, la leche, el pan y las facturas de Edecat, del valor de un mensaje de texto o el minuto de conversación con los celulares que ya anunciaron un mínimo del veinte por ciento de aumento en sus tarifas.
En archivo conservamos episodios vinculados con una ley del año 1973 o 1974 que penalizaba “el agio”, los aumentos en los precios y el acaparamiento de mercaderías entre otras cosas. Esa ley –supuestamente aún en vigencia-, sirvió para meter presos a unos cuanto almaceneros de barrio pero a los verdaderos responsables del desquicio no les ocurrió nada. Hicieron la diferencia con total impunidad. El que se fastidió fue el pueblo, la gente.
Existen organismos supuestamente destinados a proteger al consumidor pero, según parece, están afectados por una parálisis, no funcionan, no tienen presencia en la comunidad, son absolutamente inútiles.
Al parecer, en caso de recurrir a uno de esos organismos es menester hacer un curso especial (Para asimilar disposiciones, normativas y cuestiones que terminan por desalentar al consumidor denunciante) y prepararse para conocer –personalmente y a su costo-, lo que significa la palabra “burocracia”.
Con el debido respeto a su investidura, señalamos que nos resulta chocante cuando la Presidente habla de “distribución de la riqueza” y “asignación de recursos”. Sus dichos suenan, a la luz de la realidad, como expresiones también dirigidas a “la gilada que está en la tribuna”. Lamentablemente, no convencen a nadie. La credibilidad pasa por el bolsillo de la gente. Por la insatisfacción de necesidades básicas.
No es misterio para nadie la desvalorización que ha sufrido el INDEC. Al decir de Yrigoyen, se ha convertido en un ente “falaz y descreído” pero insiste en publicar cifras más que ridículas como que el costo de vida en octubre aumentó un 0.8 por ciento. Que se lo expliquen a la famosa Doña Rosa de Bernardo Neustadt que pagaba tres pesos el kilo de pan y ahora tiene que pagar seis o siete. O el azúcar que ya orilla los siete pesos el kilo.
Con esa “onda” se advierten aumentos en todo lo habido y por haber pero con una notoria, total y absoluta ausencia del Estado que no atina a tomar cartas en el asunto. Conste que no propiciamos el encarcelamiento de comerciantes. De lo que se trata es de arbitrar medidas que fomente el aumento de la producción en general sin mengua de que a nivel estatal y para ciertos productos se elimine el IVA, cosa que ha sido solicitada desde diversos sectores. El 21 por ciento en determinados artículos sería un ahorro especialmente para los sectores menos pudientes.
Se percibe algo similar a falta de voluntad en los niveles oficiales. Una supuesta soberbia no les permite convocar a economistas, consumidores, productores, y a todos los sectores que tienen que ver con la formación de los precios para analizar –pero en serio-, todos los aspectos del problema y disponer medidas adecuadas.
Pareciera, a veces, que se aguarda a que regresen los artículos “Flor de Ceibo” que nos enjaretó Perón a fines de los años ’40. O los saqueos ocurridos en el ocaso del catastrófico delarruismo aliancista.
Se aproximan las fiestas navideñas y el fin de año. ¿Será posible desear a los amigaos y familiares “Unas muy Felices Fiestas”?